Corría el año de mil novecientos setenta y ocho cuando tuve la oportunidad de conocer a parte de la familia de mi madre en la acera del Instituto Latinoamericano, lugar donde estudiaba mi segundo año de bachillerato, contaba con diecisiete años.
El Salvador vivía una de las épocas más duras de su historia, estábamos inmersos en el periodo de formación de organizaciones populares que exigían mejores condiciones de vida, tierra para todos y otras reivindicaciones laborales que nos llevaron posteriormente a 12 años de guerra civil donde murieron cerca de 70.000 personas, producto de la represión de los gobiernos militares de la época.
En esa época conflictiva que pasó El Salvador, era poco común que alguien diera razón de alguna persona que anduvieran preguntando por ella, pues casi siempre las buscaban para desaparecerlas. Fue así como nadie dijo conocerme cuando dos de mis tías, hermanas de mi madre habían madrugado a las afueras del Instituto a preguntar “si conocían a Jesús Henríquez”, al llegar yo a la entrada principal me hicieron la pregunta sin saber que le estaban preguntando al mismo que viste y calza. Me quede impávido pues no sabía que responder, aunque no andaba en nada que me comprometiera no deje de acordarme de los innumerables casos de jóvenes asesinados que no tenían nada que ver en el conflicto que vivíamos.
Recién había vuelto de Aguilares, donde había terminado mi sexto grado en la Escuela Joaquín Rodezno en el turno de la tarde, tres años después seguí las impactantes noticias del asesinato del sacerdote jesuita Rutilio Grande a manos de escuadrones de la muerte, hecho que convulsiono la zona de esta villa ubicada a 33 kilómetros de San Salvador, muchos de mis compañeros de sexto grado murieron en la insurrección de Aguilares, que fue el primer pueblo de la nación que tomo las armas en represalias por el asesinato de este líder religioso.
Por esa razón la muerte no era nada extraña para mí, la entendía perfectamente, ante la pregunta de mis tías, no me quedo más que responder simplemente “para que lo buscan”.
Ante mi respuesta poco ingenua que hubiera significado mi desaparición si la hubiera hecho a las personas indicadas, ellas me explicaron que era hijo de una de sus hermanas y que andaban buscándolo para conocerlo y poder llevarlo donde ella para que ambos también se conocieran.
Deje escapar de mi cerrada garganta un “yo soy” , mi mente quedo en blanco, no encontraba palabras para romper el hielo, las dos señoras no dejaban de abrazarme entre sollozos, la última vez que ellas me habían visto yo tenía quizá seis años, era la realización de un sueño que yo había tejido en los últimos años: conocer a la autora de mis días!! Ese día ahora estaba más cerca que nunca.
Quedamos de vernos dos días después, un día viernes recuerdo para ir hacia mejicanos donde mis abuelos maternos vivían y donde me reuniría con mi madre y mis hermanos.
El momento de a mi madre llego a la hora indicada, para ello no entre al colegio, espere a mis tias cerca y luego de reunirnos partimos hacia Mejicanos, la dirección Final 2ª. Avenida Norte No. 32B mejicanos, límite entre San Salvador y el mencionado municipio.
Llegamos, todo fue alegría, llanto, me presentaron al resto de mis parientes, mis hermanos, siempre había querido tener cerca a una hermana me di cuenta que tenía una, Cecibel, la química con mi nueva hermana fue de inmediato. Cecibel era una especie de madre sustituta de mi hermano Jeremías, el menor de mis hermanos, que en esa época tenía cerca de seis años; en la casa de mejicanos, además de mis abuelos Vivian mis tías Ruth con su hija Paty, Flor con sus hijas Guadalupe y Maira. Mi madre vivía con su pareja en San Marcos, en mi mundo soñador de 16 años pensaba que al conocer a mi madre los problemas que me aquejaban habían terminado, lo primero que pensé es que lo normal era que tenía que dejar la casa de mi padre para irme donde siempre había soñado vivir, al lado de mi madre. Inconscientemente empecé a volverme rebelde en casa, el hecho de haber conocido a mi familia me hacía sentir que tenía quien me apoyara.
No podía dar explicaciones de unos zapatos deportivos de marca que había comprado con un dinero que mi abuelo me regalo para que comprara un reloj, consideraba que ya tenía edad para no dar explicaciones a nadie, dije que me los habían dado en el colegio ya que era miembro del equipo de atletismo en la rama de lanzamiento de bala y jabalina.
En esta época me mantenía fuertemente ocupado en los deportes, pasaba todo el día fuera de casa desde la mañana que asistía a clases, luego me dirigía al Circulo Estudiantil donde pasaba toda la tarde entrenando Polo Acuático, otros días en el Estadio Flor Blanca donde entrenaba para el equipo de Atletismo. Tenía una novia llamada Jeannette Mendoza que vivía en Ilopango, la que siempre se quejaba que no visitaba mucho por mis múltiples ocupaciones, esto me obligaba a que la visitara de noche llegando en el ultimo bus que salía a las 10pm. Ilopango no queda muy lejos de la Colonia Santa Lucia que era donde vivía con mis papá, en bus no tarda ni quince minutos, el problema era que en época de guerra, cerca de la base de la Fuerza Aérea objetivo militar indiscutible, no era del todo recomendado que un joven de mi edad anduviera a esa hora en la calle. Los problemas no se hicieron esperar y de repente me vi enfrentado a mi papá en discusiones que porque llegaba tan noche y que andaba haciendo; particularmente nunca tuve confianza con mi padre de tocar temas de noviazgos mucho menos de contarle que había conocido a mi madre, eran temas que nunca me atreví a contarle. Muchos problemas me hubiera ahorrado de no haber descuidado este detalle.
El caso es que en las visitas donde Jeannette siempre me dejaba el último bus y me tocaba llegar a casa a pie, lo que tardaba cerca de media hora llegar hasta mi casa, quien se quiere separar de una compañía tan placentera como el de un noviazgo a los 16 años!
Como siempre, llegue tarde a mi casa, pasadas las 10:30 lo que enfureció a mi padre y me sentencio que si llegaba nuevamente a esa hora no tendría más remedio que botarme de la casa
Por circunstancias que no vale la pena dar a conocer, yo me encontraba en casa en una situación que estorbaba a ciertos intereses personales no precisamente de mi padre, lo que la sentencia recibida de que no llegará tarde era el complemento perfecto para sacarme de la casa de una manera maquillada.
Caí en la trampa como adolescente que era, no pasaron ni dos semanas cuando ya estaba en la misma situación con mi padre, esa vez había llegado a las 11pm creyendo que mi viejo haría horas extras en su trabajo y que llegaría pasada la medianoche. Me recibió en la entrada de la casa y pregunto en que habíamos quedado a lo que respondí que no había problema que solo me dejara sacar mis cosas. Saque el coraje de la rebeldía adolescente, cuantas veces había querido decir que no me sentía bien en esa casa y que anhelaba la idea de irme, había llegado el momento, ya conocía a mi madre y mi panorama era diferente, no titubeé ni un solo instante, entre a la casa y saque mis pertenecías ante el llanto de mis hermanos y ya afuera mi padre pronunció una sentencia que quedo grabada en mi mente y que fue la clave para buscar el éxito: “fuera de esta casa no serás nadie” palabras que hasta la fecha me sirven de inspiración.
Era una noche de verano, no recuerdo la fecha, pero habían una serie de circunstancias agravantes que hicieron mi partida un poco complicada, el sindicato de empleados de CEL, la empresa que distribuía la energía eléctrica del país estaba en huelga, precisamente esa noche habían tomado acciones de hecho para presionar al gobierno a dialogar para conquistar sus demandas laborales, habían quitado la energía eléctrica en la capital, a oscuras Salí de mi casa a buscar refugio donde la familia Mendez a cuatro casas de mi casa quienes no dudaron en albergarme.
Tenía muchos pensamientos en mi cabeza pero me sentía bien de lo que había hecho, ni siquiera el inmenso amor que sentía por Jeannette Mendoza a quien no volví a ver hasta cuatro años después me hizo recapacitar mi decisión.
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